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La otra MIRIAM. Exposición Conmemorativa

TEXTO CURATORIAL

Miriam Verdugo Bozzo nació en Rancagua en 1948. Formada en Nutrición y Dietética en la Universidad de Chile, dedicó más de 50 años a la salud pública de O’Higgins. Fue, por décadas, una mujer conocida por su vocación, su cercanía y su entrega al servicio de los demás. Esa Miriam la funcionaria pública, maestra de tantos otros profesionales de la salud, es la que la gran mayoría de las personas recuerda.

Hay otra Miriam, más silenciosa, que solo unos pocos llegamos a conocer: la que se sentaba frente a un lienzo a perfeccionar la mezcla de colores y la composición de las formas, la que fotografiaba los cielos de camino a casa por si algún día los pintaba. De esa Miriam, la artista, habla esta exposición.

Parece problemático hablar de talento en el sentido de romantizar lo que algunos llaman un «don», como si al no nacer con él no pudieras desarrollar tus habilidades artísticas, o como si por tenerlo supieras exactamente qué hacer con un lápiz o un pincel. Lo cierto es que se nace con cierta sensibilidad, que puede inclinarse hacia una disciplina u otra según los estímulos y herramientas disponibles, pero esta necesita desarrollarse para convertirse en algo concreto. Es ese potencial creativo el concepto que se trabajaba en el Atelier. Vistas desde fuera, puede parecer más sencillo para algunas personas, pero eso es porque no siempre se contempla el proceso y la dedicación necesarios para llegar a un resultado que satisfaga al artista. Ese proceso y esa dedicación fueron, precisamente, lo que definió el camino artístico de Miriam. No perseguía ser perfecta, sino perfeccionarse cada día.

Las obras que se exhiben abarcan cerca de dos décadas, entre 2006 y los últimos meses de su vida. Trabajó casi siempre al óleo sobre lienzo, con algunas piezas sobre cartón entelado; prefería el óleo al acrílico por la continuidad que le daba al color: sentía que estaba más vivo. En su pequeño taller en casa se acumulaban los materiales del oficio, gastados por el uso: telas, cartones, carboncillos, grafitos, pasteles secos y grasos. Antes de cada bodegón ensayaba una y otra vez en bocetos al carboncillo hasta encontrar la composición que buscaba. Cuando dibujaba figura, su modelo favorito era su compañero, Pato. Tenía un trazo suelto y maduro, el de alguien que nunca dejó de dibujar, aunque casi nadie lo supiera.

El primer bodegón de Miriam en el Atelier en 2025 fue un ejercicio sencillo, realizado con una destreza que solo se consigue con años de experiencia y práctica; no era su primera vez con los óleos, pues ya le eran naturales. Su trabajo fue meticuloso, estudioso, perfeccionista. Nos enfocamos en pulir el método y la mezcla de colores más que en la pincelada.

El bodegón ha sido siempre un buen ejercicio para estudiar la pintura, para agudizar el ojo. Y sin embargo, cuando lo pintaban mujeres, se le restó importancia con demasiada frecuencia. En Chile se llamó, no sin cierto desdén, «Pinceles de Domingo» a las mujeres que pintaban en sus casas, en sus tiempos libres, su entorno cotidiano, relegadas, de paso, de muchos otros espacios del arte. El grupo de mujeres que venía a pintar los domingos al Atelier tomó ese nombre, no para restarle peso a lo que hizo Miriam, sino para nombrar un gesto de persistencia: pintar los domingos, entre semanas enteras dedicadas a otra vocación, es también perseguir aquello que se ama hasta encontrarle el tiempo.

Las paletas de Miriam tienden hacia los tonos cálidos —mucho ocre, dorados, tierras—, con algunas excepciones más atrevidas hacia paletas frías, como en su cuadro de las calas, la obra de mayor formato que se encontró en su casa, que parece explorar más un estado de ánimo que un motivo floral. Porque, sobre todo, Miriam pintó flores: una y otra vez, en todas sus variantes de color y de ánimo. Georgia O’Keeffe, conocida por sus grandes flores pintadas a escala monumental, decía que «nadie ve de verdad una flor: es tan pequeña. No tenemos tiempo, y ver toma tiempo, como tener un amigo toma tiempo.» Miriam se tomó ese tiempo, una y otra vez, frente al mismo motivo.

Dorothea Lange, fotógrafa, escribió que «ver es más que un fenómeno fisiológico. Vemos no solo con los ojos, sino con todo lo que somos y todo lo que es nuestra cultura. El artista es un vidente profesional.» Para su primer paisaje buscamos entre su colección de fotografías de cielos, pues ella no solo miraba su entorno: observaba cada detalle y lo registraba con la idea de pintarlo algún día, así como también hacían sus compañeras del Atelier. Encontramos un paisaje rural cercano a su hogar en Machalí —el campo, árboles, cerros y una luz que bañaba de tonos cálidos toda la composición—. Pintó desde la foto y le dio nueva vida a sus colores.

Miriam eligió pintar algo mucho más significativo: un ramo de flores que le habían regalado. Se usaron dos fotografías para esa composición —una para la forma, otra para el color— pero el resultado tomó un rumbo casi simbolista, que evocaba a Gustav Klimt en las formas y a Hilma af Klint en la paleta pastel. Su ramo tiene algo etéreo, inefable: ya no era la copia de una foto, era su propio estilo manifestándose por primera vez. Fue su última pintura, una obra impregnada de su elegancia, su suavidad, su amor por el arte.

Louise Bourgeois decía que hacerse artista exige, de alguna manera, habitar el silencio, apartarse del ruido para poder mirar hacia adentro. Muy humilde para considerarse a sí misma artista, y aun así artista natural, Miriam se hizo su propio camino hacia aquello que siempre quiso hacer, sin buscar audiencia ni reconocimiento. Nos deja una presencia que sigue muy viva, habiendo depositado parte de su ser en sus obras: esa parte que para muchos fue desconocida, la Miriam artista.

María de la Paz Ortiz Madariaga [SAYAE]
Curadora de la exposición
Directora y Fundadora, Kubil Studio & Atelier
Artista visual, docente y narradora gráfica
Licenciada en Arte · Máster en Historia del Arte

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